No todos llegan con todo resuelto. Algunos llegan con fe… y encuentran una oportunidad.
Rufo Atamari llegó desde provincia siendo muy joven, sin dinero y con más incertidumbre que certezas. Pero en ese momento decisivo, la Universidad Peruana Unión abrió una puerta que cambiaría su historia.
A través de sus programas de autosostén, diseñados para que los estudiantes puedan estudiar mientras trabajan, encontró mucho más que apoyo económico: encontró dignidad, propósito y un camino posible.
Ingresó como alumno industrial, iniciando una etapa de esfuerzo constante. Su primer trabajo fue en el Salón Alva y Alva, donde limpiaba cada espacio, cada aula, cada rincón. El mismo lugar donde hoy regresa, pero con una historia completamente distinta.
También formó parte de la venta de productos Unión y del colportaje, experiencias que fortalecieron su carácter, su disciplina y su fe.
En medio de ese proceso, Dios también puso personas clave en su camino, como la familia Fernando de Lucci, quienes lo acogieron cuando más lo necesitaba.
Para Rufo, la universidad no fue solo un lugar de estudio. Fue un jardín. Un espacio donde fluye leche y miel… pero también donde se trabaja, se persevera y se construye futuro.
Si las aulas y paredes de la UPeU hablaran, contarían historias como esta.
Historias donde la oportunidad se encuentra con la decisión de no rendirse.
Hoy, tras 31 años de servicio en instituciones de la iglesia, su vida refleja el impacto de una educación que va más allá de lo académico: una formación que transforma vidas.
Extraído del muro del Dr. Walter Murillo, Rector UPeU


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